Benasque y sus maravillas

Benasque y sus maravillas

5 febrero 2014 Artículos 0

Alberto Martínez Embid » Benasque y sus maravillas.

Uno de los libros pirenaicos al que mayor cariño reservo me llegó desde el lejano 1926 con la firma de un levantino. Se trataba de El valle de Benasque y sus maravillas, redactado por Severo Curiá Martínez. Una obra absolutamente básica para cualquier colección especializada en esta cordillera. Hace ya algunos años, me obsequió una tarde de auténtico disfrute en la Biblioteca Nacional

 

Antes de ganar cota, nos detendremos unos instantes en la figura de tan insospechado pirineísta. Nuestro hombre había nacido en la localidad valenciana de Ayora en 1868. Pertenecía a una saga de veterinarios, hecho que le impulsó a estudiar dicha carrera. Hacia 1888, ejercía como profesor universitario en Madrid. Su dilatada trayectoria profesional le llevaría seguidamente a Elgoibar y luego a Donosti, donde se estableció en 1891. Fue cofundador y después primer presidente del Colegio de Veterinarios de Guipúzcoa, cargo que iba a desempeñar hasta 1910. Se mostró muy activo en toda clase de publicaciones del gremio… En cuanto a su aspecto físico, añadir que en su día fue descrito como “menudo de talla pero grande de formación”.

 

Realizada esta rápida semblanza-exprés, solo queda preguntarse cuándo y cómo se produjo su encuentro con las cumbres de la Ribagorza aragonesa. Pues acudamos a estas líneas que aparecían desperdigadas por el expediente de Curiá:

 

“[…] Tras obtener, por oposición, plaza en el naciente Cuerpo de Inspectores de Higiene Pecuaria y Sanidad Veterinaria, fue destinado por Real Orden del 23 de febrero de 1910 al puesto fronterizo de Benasque, en Huesca, cesando en su interinidad guipuzcoana y tomando posesión de su nuevo destino en propiedad el 14 de marzo del mismo año, con la categoría administrativa de Inspector de Tercera Clase de Higiene y Sanidad Pecuarias, con el sueldo de 2.500 pesetas. El 19 de agosto de 1915, una Resolución del Director General de Agricultura, Minas y Montes ordena su traslado a la plaza de Inspector de Higiene y Sanidad Pecuarias de Canarias, tomando posesión el 30 de septiembre y con residencia en Santa Cruz de Tenerife […]. Hombre amante y defensor a ultranza de la profesión veterinaria, colaboró generosamente con todas las suscripciones que organizó la Asociación Nacional de Veterinarios Españoles, bien para viudas de compañeros que habían quedado en situación mísera, bien para la creación delColegio de Huérfanos. Obsequió a la ANVE con doscientos ejemplares de sus obras El Valle de Benasque y sus maravillas y Regocijo para su venta, destinando los ingresos a beneficio del Colegio de Huérfanos […]. Prolijo escritor, autor de artículos de divulgación, ponencias en congresos que ya hemos citado, publicaciones científicas y profesionales e incluso guías, consecuencia de su condición de viajero impenitente, como El Valle de Benasque y sus maravillas, en su expediente administrativo, custodiado en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares (Madrid), constan referencias a las siguientes publicaciones […]”.

 

En efecto: trabajos veterinarios aparte, nuestro hombre publicó al menos otras tres obras, además de la dedicada a Benasque. A saber: Guía de San Sebastián y sus alrededoresRegocijo (novela que describe las bellezas de Tenerife) y El Témpano Fantástico (novela en la que se menciona al Titanic). Si alguien localiza alguna por los estantes de una librería, ya sabe…

 

Con estos datos un tanto taquigráficos, tenemos una idea de la trayectoria vital de Severo Curiá. Por lo demás, decir que terminó sus días en Santa Cruz de Tenerife, donde fallecía en 1956 con ochenta y siete años de edad… Pero hora es ya de volver nuestra mirada hacia esos relieves benasqueses que nuestro protagonista frecuentó, al parecer, entre 1910 y 1915. Es decir: con cuarenta y dos o cuarenta y siete tacos de edad. Abramos boca con una de las inflamadas loas que destinó este levantino a los vértices del Alto Ésera:

 

“Montañas indulgentes y escabrosas, que elevan sus cumbres sobre nieves perpetuas. Collados y puertos, que son miraderos de espléndidos panoramas. Blancos y dilatados ventisqueros, circundados por crestas erizadas de picos inaccesibles. Heleros grises y verdosos, en cuyo cristal se abren grietas profundas y sinuosas. Grutas y cuevas que adentran sus misteriosas oquedades en los hielos y en las calizas marmóreas. Lagos de superficie hialina, en que se retratan los pinos, las rocas y las nubes. Ríos y torrentes que despeñan sus aguas por cataratas esplendorosas. Gorjas en cuyo albo bullen y giran saltadoras aguas. Gargantas estrechas; altos escarpes; tajos profundos; imponentes precipicios… Todas estas maravillas de la Naturaleza se encuentran, por doquier, en los valles del Alto Aragón. En los valles siempre pintorescos, ya estén cubiertos de hielo y nieve en invierno, ya engalanados por su flor multicolor en primavera y estío. En los valles que todavía no ostentan sus albas alturas vírgenes de todo artificio, aunque en belleza y grandiosidad, pueden competir con los mejores de los Alpes.

 

”En ellos no se han profanado aún los hielos eternos y nieves perpetuas con los cables, los rieles, muros y zanjas de los cremalleras y funiculares. Aún no se han construido, interrumpiendo en la poética soledad de sus cumbres, lagos y ventisqueros, los grandes hoteles que son albergue de ruidos heterotópicos. Todavía no se ha tenido el mal gusto de salvar los pasos difíciles de sus crestas y collados con puentecillos metálicos, ridículos escalones y agarraderos artificiales […]. Aunque no tardarán en hacerlo. Porque la Industria, sabedora de las riquezas inexploradas que atesoran, ya subió a ellos, a perforar sus montañas; a talar el boscaje de sus breñas; a encauzar sus bravías y saltadoras aguas para que muevan las ruedas y las palancas de sus férreas máquinas. Y allá subirá, con el tiempo; allá a las alturas; a surcar también con rieles y caminos el blancor de las neveras y el cristal de sus heleros […]. Pero no teman los amantes de las montañas soledosas, que todavía les quedará mucho sitio virgen en donde solazarse, sin temor a que los ruidos exóticos de la mecánica y del artificio se promiscuyan con los de la naturaleza. Todavía podrán soñar y deleitarse junto a los lagos, glaciares y ventisqueros, sin que les interrumpan ni les asusten las pitadas, timbres y bocinazos de los artefactos modernos.

 

”Muchas son las bellezas que ostentan los valles de las vertientes francesas (incluyendo en ellos el de Aran, que mira también al septentrión, y es quizá el más pintoresco), pero los de las nuestras son todavía más alegres y majestuosos; porque el sol los alumbra más intensa y frecuentemente, y porque en ellos se encuentran los picos más elevados, los más rutilantes glaciares y ventisqueros, los lagos más espaciosos y profundos, los puertos y collados más altos, y los más despejados horizontes. Y la mayor parte de estas maravillas se encuentran en el de Benasque, en el que se cimientan treinta picos gigantescos que pasan de tres mil metros de altura, y otros tantos que les van a sus alcances”.

 

Como ya he dicho antes: nos hallamos ante un tan efímero como devoto pirineísta… No vamos a dilatar más el momento: nos vestiremos de inmediato con el equipo montañero de los inicios del siglo pasado para acompañar a este correoso veterinario hasta el Techo del Pirineo. Es de suponer que para un ascenso que completó entre 1910 y 1915, si bien tampoco habría que descartar que lo hiciera durante algunas vacaciones entre esas añadas y 1926. Como quiera que sea, desde las páginas de El valle de Benasque y sus maravillas Severo Curiá reviviría la gran aventura de encaramarse hasta los 3.404 metros de cota:

 

“Para subir al Aneto, se sale de la Renclusa entre las 4:00 y las 5:00 h. Se comienza la ascensión por la izquierda del torrente que arrulló nuestro sueño, por camino pedregoso, con tierra y hierba que a poco desaparecen, para dar lugar a una pendiente áspera, de rocas y, en hora y media, se llega al Portillón de Abajo, que se encuentra a 2.815 metros sobre el nivel del mar, y desde él se contempla el inmenso y brillante glaciar-ventisquero, que es el mayor y más alto de toda la cordillera, y se extiende desde la Maladeta hasta el Aneto y desde la cresta del Medio hasta las tarteras, o morrenas, y las escarpas que caen a los hondos Barrancs.

 

”Después de gozar de esta incomparable vista, se sigue subiendo por entre rocas y nieve durante media hora, hasta llegar al Portillo de Arriba (2.900 metros) que guardan, a modo de centinelas, unas rocas altas y puntiagudas a las que unos les dan el nombre de fantasmas y otros el de gendarmes; y, efectivamente, se parecen a estos últimos, con sombrero y capote. Pasado este portillo, se baja una pendiente y se entra en el comienzo del glaciar, en donde se descansa un rato para tomar un poco de alimento y bríos, y para atarse en la cuerda, con los guías en cabeza.

 

”Unas veces subiendo en pendiente pronunciada y otras casi horizontalmente, en unas dos horas se cruza el glaciar, en el que suelen verse algunas grietas más o menos anchas y profundas y, a veces, alguna cueva en el hielo, y se llega al collado de Coronas, a través del cual se domina un paisaje dilatado de picachos, ventisqueros y precipicios. Se sigue subiendo, subiendo y soplando, a pesar de la altura y el frío, una pala de nieve, y en un cuarto de hora se llega al borde superior. Se desata la gente; pasa por encima de unos pedruscos sueltos y se pisa la primera plataforma del Aneto, que se halla unida a la otra, más grande y más alta (unos ocho metros) por una cresta o arista erizada de rocas. Una senda –tan estrecha– como el filo de una espada, que por eso se llama el Puente de Mahoma. Y por allí hay que pasar, si queréis pisar la cumbre más alta del Pirineo.

 

”El Puente o Paso de Mahoma tiene unos veinticuatro metros de longitud. Comienza en unas rocas enormes e inclinadas que, a poco que nos aúpen, se pasan fácilmente. A pocos pasos, se baja a un pequeño portillo; se suben dos altos escalones y se llega a una roca de dos metros de larga por medio de ancha, encajada de canto en la cresta, entre los dos abismos laterales, y se pasa sobre ella a horcajadas, arrastrando la parte más carnosa de nuestro cuerpo, por lo que se llama Paso del Caballo. Luego, unos cuantos escalones de subida y bajada, agarrándose a las rocas de nuestra izquierda, hasta descender a otro portillo, desde cuyo fondo se eleva otra peña de más de tres metros de alta, casi vertical y que nos sirve de escalera para ascender hasta un corredor estrecho pero seguro que nos pone en la tan deseada cúspide.

 

”El panorama que desde allí se contempla es grandioso, espléndido. ¿Para qué detallarlo? Basta decir que domina todos los Pirineos, horizontes ilimitados, planicies lejanas, valles profundos, cuencas sinuosas de bajos umbríos… Mirando hacia abajo y alrededor, parece emerger la inmensa pirámide de un mar de hielo. Tantos son los glaciares y ventisqueros que la rodean. Luego, más abajo, hondos precipicios, lagos como espejos, áridos roquedales y manchones oscuros de bosques verdinegros.

 

”La bajada es algo más peligrosa y emocional, pues hay que hacerla de espaldas a la roca, la escalera; sin ver los escalones en que se apoyan los pies, sin mirar al fondo ni a los lados, para que el vértigo no nos precipite en los abismos. Pero no temáis: el guía que os acompaña baja por delante coloca vuestros pies en firmes apoyos, vela por vuestra seguridad y antes perderá la vida que abandonaros en el peligro”.

 

De esta forma remataba Curiá su cita en el Monarca del Pirineo. Pero cinco añadas como veterinario en Benasque sin duda que le hicieron conocer a muchos de sus guías más destacados. Entre ellos, al que denomina como Llausia; es decir: a José Sayó, apodado Pepe el de Llausia. Este detalle anecdótico servía sobre quien, muy posiblemente, le condujo hasta el Aneto:

 

“Sentía un amor ilimitado por las montañas de su valle y era tan entusiasta admirador del conde Russell y de Julio Soler, de quienes decía haber escalado todos los picos altos de los Alpes y de los Pirineos, que cuando le dijimos que ninguno de los dos famosos alpinistas habían subido al pico de la Mirandola, ¡el más alto de Italia!, sonrió incrédulo y despectivo”.

 

Aunque sus textos resulten tan extensos como interesantes, nos despediremos en este punto de nuestro fugaz apasionado del Pirineo. Nada mejor que hacerlo a través de uno de sus párrafos en favor del turismo en suelo nacional. Así quiso Severo Curiá favorecer la causa de las montañas benasquesas:

 

“Es lamentable que prestemos atención a lo lejano y exótico, y descuidemos el conocimiento, el cuidado de lo que siendo propio y digno de conocerse y admirarse, está dentro del solar hispano […]. Se gastan millones en viajes por el extranjero, unos por placer o bambolla, y otros por necesidades imperiosas de la salud, salen a millares a playas y sierras, nacionales y extranjeros, desconociendo que dentro de España hay rincones privilegiados cuyas bellezas y condiciones sanitarias son excepcionales”.

 

 

¿Y qué más queda por decir…? Aparte de aplaudir el salero de este inesperado apóstol del pirineísmo que llegó hasta Benasque desde tierras mediterráneas…

 

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